Resumen

Madrid, verano de 2010. Corren los días del Mundial de fútbol y, mientras los ojos de todos están puestos en los tortuosos avances del equipo de España en Sudáfrica, la comisaria María Ruiz se enfrenta a un tenebroso crimen: un joven ha aparecido asesinado. Sin identidad visible. Sin pistas aparentes. Sin móvil. Mujer atractiva, concienzuda y tenaz, María iniciará una investigación que se complicará cada vez más. Pero no está sola: el veterano periodista Luna, un maestro de la profesión hoy acorralado por la crisis y la era digital, y Tomás, brillante informático de la policía, serán claves para llegar hasta el fin. La intriga será para ellos tan trepidante como la que acompañó a la selección nacional hasta su gesta final.

2 críticas de los lectores

3

En los últimos años, han proliferado las novelas escritas por periodistas conocidos por haber presentado telediarios o por su participación en tertulias (Mónica Carrillo, Julia Navarro, Maxim Huerta e.t.c.) que han dado lugar a que sus obras se coloquen en lugares preeminentes de los escaparates de librerías y, en especial, de grandes superficies. Utilizando el reclamo de la identidad del autor, la literatura comercial se ha mostrado de frente al ante el público sin negar lo que es ni presentarse con pretensiones de lo que no puede ser. De esa forma el lector con sentido crítico sabe qué tipo de novelas son las que puede esperar bajo el gancho de sus portadas. “Verano en Rojo”, editada en 2012, es el primer libro de ficción de Berna González Harbour, periodista hasta ahora conocida por quien siguiera sus columnas de información política en “El País”, escuchara sus intervenciones en “Hora 25” de la Cadena Ser, o la viera en la tertulia de “La noche en 24 horas”, del canal de noticias de TVE. Presentándose como una novela policiaca (género poco explorado con éxito por autores españoles, con la salvedad de Alicia Giménez Bartlett, Lorenzo Silvia y pocos más), ofrece en su resumen, como gancho, la investigación policial en torno al cadáver de un adolescente que aparece sumergido en el estanque de un parque de Madrid, en julio de 2010. Así, coincidir el momento en que la vi en la biblioteca con la época del año en que se desarrolla la trama, y situarse ésta en Madrid, despertó mi curiosidad por descubrir a la nueva autora. La coincidencia, en un lapso temporal de un día o dos, de ese asesinato con el del otro adolescente, esta vez en el norte de España pero en circunstancias muy similares, y de la indagación de la identidad de ambos al ir buscando en los datos de sus teléfonos móviles y descubrir que las víctimas se conocían, hace que la novela enganche al lector, si bien sólo hasta la mitad de la trama. El libro, ambientándose en el verano de 2010, pese a que bien podría aprovechar para reflejar la realidad de la sociedad española en los peores años de la crisis (como hace magistralmente Almudena Grandes en “Los besos en el pan”), deja atrás esa oportunidad y entra en los clichés más típicos, no de la novela policiaca, sino de las teleseries norteamericanas del género (léase “Luz de Luna” o “Remington Steel”). Los investigadores, de perfiles previsibles, son una comisaria de policía rozando la cuarentena, el agente más joven y subordinado suyo que intenta que la noche de sexo que tuvieron hace un año no quede en un episodio sin más, y un periodista alcoholizado para ahogar las penas de los últimos años de su carrera profesional, que actúa como freelance y mantiene una cordial rivalidad profesional con los policías por ver quién llega antes a la resolución del caso. Junto a ello, una serie de curas, profesores de colegios en los que los adolescentes han estudiado, y que ocultan un pasado de abusos sexuales a aquellos, a quienes la autora presenta de antemano como villanos buscando así poner al lector en su contra. De esa manera, se aleja de la buena literatura en la que los personajes ofrecen matices, contradicciones y claroscuros. Haciendo un retrato simple de esos sacerdotes como malos previsibles, la novela se asemeja a un comic de manga japonés en el que se guía de la mano al lector dejándole claro desde el primer momento quien es el bueno y quien el malo. Así, con esa imagen oscura y negativa de los colegios religiosos, tan llena de lugares comunes y de tópicos manidos y simples, se impide al lector –como si de un cuento infantil se tratara- que llegue él solo a sus propias conclusiones y juzgue por sí mismo. Ni siquiera un agnóstico como yo –siempre y cuando sea mínimamente objetivo- es capaz de compartir el punto de vista con el que González Harbour extiende y generaliza a todo el clero la mancha de sólo algunos de sus miembros. Junto a lo anterior, la tensión sexual no resuelta entre la comisaria y el agente, se palpa a lo largo de toda la novela hasta la conversación final entre ellos en los que la superior se sincera con el policía dejando abierto un resquicio hacia él, sin duda para incidir en ese punto en la siguiente novela de estos personajes (que se publicó dos años después y que tengo muy claro que no leeré). Sin mayores pretensiones que la de entretener con una novela carente de originalidad y llena de los tics de su género –algo que hay que reconocer que consigue dignamente- , no deja de ser lo que muchos califican como un libro de playa. www.antoniocanogomez@wordpress.com

hace 2 meses
8

Me gustó mucho, entretenido y la trama muy bien urdida hasta su desenlace final. No había leido nada de esta autora y me convenció

hace 5 años